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Rodolfo Salas: Facilitador y potenciador sobre conocimientos de liderazgo, estrategia, marketing y gestión de los negocios.

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martes, noviembre 03, 2015

La creación de contenido y la colaboración con los clientes

Si resulta cierto que para el año 2050, 75% de la población mundial se concentrará en las grandes urbes, el actual modelo de consumo y funcionamiento quedará obsoleto. Los Gobiernos municipales, urgidos por el crecimiento poblacional, deberán llegar cada uno a su propia definición de ciudad inteligente, según el CEO del Cities Global Center of Excellence de KPMG.

Un lector desprevenido podría preguntarse qué tiene que ver una consultora como KPMG con la ciudad inteligente del futuro o con el revolucionario concepto del gobierno digital. Sin embargo, los Gobiernos municipales de las grandes ciudades de la actualidad necesitan, más que nadie, de especialistas en planeamiento estratégico para hacer frente a los graves problemas que se derivan de la creciente urbanización. Cada vez más gente migra de las áreas rurales a las urbanas aumentando constantemente el número de ciudadanos que necesitan luz, agua, gas, transporte, atención médica, seguridad y educación. Con los presupuestos para hacer frente a todo esto cada vez más reducidos, se impone elaborar un cuidadoso plan de acción para decidir qué hacer primero y de qué manera.
Pocas son hoy las ciudades en todo el mundo que no reclamen más acceso a la vivienda, mejor calidad de educación, más protección frente a la violencia callejera, más prevención frente a desastres naturales y más eficiencia y transparencia en la administración del Gobierno municipal.

Mercado conversó con Alan Mitchell quien, además de ser el director ejecutivo del Cities Global Center of Excellence de KPMG, tiene más de 30 años de experiencia en organizaciones gubernamentales de todo el mundo.

Mitchell explicó con claridad cuál es el papel que le cabe a KPMG en el ecosistema de las ciudades del futuro. En primer lugar, ayudar a los Gobiernos municipales a definir qué quiere decir “ciudad inteligente” para esa ciudad específica. Los ayudan a pensar en forma sistémica, holística, involucrando a las organizaciones, al Gobierno, a asociaciones público-privadas y a los ciudadanos. Juntos definen los temas específicos que urgen a cada ciudad, porque el concepto de “ciudad inteligente” no es el mismo para todas las ciudades. Y finalmente los ayudan a definir dónde conviene más colocar los recursos, que cada vez alcanzan menos porque el crecimiento constante de la población urbana obliga al mejoramiento permanente de la infraestructura y de los servicios.

Los Gobiernos se ven hoy obligados a pensar cómo hacer para que la ciudad siga funcionando durante o después de un desastre natural o de otro tipo. Sequías, inundaciones, huracanes, incendios, terremotos, dejan ciudades devastadas y pobladores en la calle y la miseria. A los Gobiernos municipales, explica Mitchell, les aterra la posibilidad de que un acontecimiento natural destruya la vida de la ciudad. ¿Qué se puede hacer para mitigar el desastre o incluso para impedir que pase? Ahí está, otra vez, la necesidad del planeamiento. Siempre hay cosas que se pueden hacer para que el daño sea menor, para cuidar a la población, brindar los servicios básicos primero y luego todos los demás. Se llama “plan pre-desastre” que incluye la recuperación durante y después del desastre.

–Hay una serie de nombres en circulación: ciudad inteligente, ciudad verde, ciudad conectada, ciudad sustentable. ¿Estamos hablando siempre de la misma cosa?

–Ciudad inteligente –del inglés “smart city”–, ciudad eficiente, ciudad verde, ciudad sustentable. Todos términos que circulan como sinónimos o con leves diferencias entre sí. Creo que si decimos ciudad verde y ciudad sustentable estamos hablando casi de la misma cosa aunque sustentabilidad es un concepto un poco más amplio que verde. Al decir sustentabilidad queremos decir que podamos sostener a la población que vive en esa ciudad ahora y en el futuro predecible. En un momento en que la urbanización está llegando a su pico de 50%, y pronto alcanzará 80% de la población mundial vamos a ver un crecimiento muy marcado de las ciudades y la pregunta es ¿vamos a poder seguir brindando agua, alimentos y transporte adecuado con ciudades de semejante tamaño? Todavía no sabemos responder esa pregunta.
Cuando pienso en ciudades inteligentes pienso especialmente en tecnología. Al principio yo pensaba que esto provenía de las empresas de tecnología tratando de vender más “cajas”, sus propios equipos, pero no es así. Hay un grupo en Gran Bretaña que se llama el Smart Cities Council, que ha hecho una definición bastante buena de “ciudad inteligente” que es mucho más amplia y habla de un desarrollo urbano basado en la sustentabilidad, capaz de responder a las necesidades básicas de las instituciones, de las empresas y de los habitantes.
La relación con sustentabilidad es evidente, pues una de sus metas es reducir la huella energética. Reducir las emisiones de carbono, aumentar el acceso de toda la población a los servicios y aumentar también la facilidad de acceso: hacer los servicios más eficientes y eficaces. Todos esos elementos juntos contribuyen a crear una ciudad más sustentable, más inteligente.
De todas maneras, la idea de “ciudad inteligente” va a tener un significado diferente para cada país en el mundo. En India dicen que están tratando de crear 100 ciudades inteligentes pero ellos la definen como una ciudad que brinda los servicios básicos. En cambio, en países más desarrollados están comenzando a introducir soluciones innovadoras como medidores de agua inteligentes para tratar de cambiar la conducta en el consumo y, al hacerlo, tratar de estabilizar la energía que se consume para producir la oferta de agua y bombearla por las ciudades.
El sistema de provisión de agua es el más grande consumidor de energía en cualquier ciudad, y si se puede estabilizar el consumo se podrá también reducir el consumo energético, lo que significa que será más inteligente y por lo tanto más sustentable, etc.

–Usted dijo que cuando piensa en ciudad inteligente piensa ante todo en tecnología. Hoy la tecnología está inserta en muchas de las actividades que antes se hacían de otra manera, pero eso no significa que vivamos en una ciudad inteligente. ¿Qué hace falta para lograr esa eficiencia?

–Para mí, significa cambiar la forma en que distribuimos el dinero en el momento de decidir el presupuesto para los programas y servicios que ofrece la ciudad. La pregunta que hago es: ¿Entendemos si poner un dólar en transporte es mejor que ponerlo en seguridad pública o en el medio ambiente? No conocemos la respuesta a esa pregunta. La mayoría de los Gobiernos determina el presupuesto basándose en temas como recursos humanos, costo, estructura organizacional y no pensando en si están brindando los servicios adecuados para lograr los resultados adecuados.

–El concepto no es nuevo y ya hay muchos proyectos en marcha en diversas partes del mundo. Pero como la transformación implica inversiones importantes, la pregunta es: ¿agrega valor suficiente como para embarcarse en semejante gasto?

–Todavía no lo sabemos. Con respecto al tema del agua, por ejemplo, instalar medidores inteligentes, es una forma más de intentar cambiar el comportamiento de la gente. La pregunta es ¿cambiarán? Yo no lo sé.
Mucha gente sigue llevando su auto al centro cuando hay buenos sistemas de transporte público. ¿Cómo hacemos para cambiar ese comportamiento y hacerlos pensar en las generaciones futuras? Es por eso que no hablamos solo de un tema tecnológico, creo que se trata también de que el público participe y coopere con el Gobierno para que las nuevas tecnologías agreguen valor y justifiquen la inversión.

–Uno de los grandes argumentos a favor de la ciudad inteligente es que promete mejorar la vida de la gente. ¿Mejorará también la vida de los más pobres?

–Esa es otra pregunta que por ahora no tiene respuesta. Creo que erradicar la pobreza es algo que se está tratando de hacer en todo el mundo; lo intentan los Gobiernos nacionales, los Gobiernos regionales y locales. La pregunta es qué hace falta para reducir la pobreza. Es un gran desafío para las ciudades, especialmente porque con la migración de grandes masas de poblaciones rurales a aglomeraciones urbanas, la pobreza se convierte en un gran problema ahora y en el futuro previsible. Seguramente no va a desaparecer. Entonces lo que debemos hacer es encontrar puestos de trabajo, empleo e ingreso para gente que viene del campo, de las comunidades rurales, para que los pobres se puedan autoabastecer. Eso no es algo que necesariamente se pueda solucionar con una iniciativa de smart city.

–El tema de la Internet de las cosas y la interconectividad de todo con todo, genera un poco de temor con respecto a la privacidad y la seguridad. Combinados con todos los sistemas urbanos interconectados ¿no hay riesgo de intromisiones por parte del Gobierno y de las empresas interesadas en vender?

–Ese es el desafío que tiene el Gobierno en este momento. Equilibrar la necesidad de abrirse y hacerse más accesible –hacer más accesibles los servicios– y por el otro proteger la privacidad de la gente y asegurarse de que no tengamos problemas relacionados con la ciberseguridad. Quiero decir que nadie tenga información sobre Juan Pérez que Juan Pérez no quiera que tengan. El Gobierno es el más interesado en asegurar que no se viole esa privacidad. Debe tratar de lograr ese delicado equilibrio: abrir el gobierno pero no tanto como para que cualquiera tenga acceso a información privada.

–¿Cuál es el elemento transformador en la estrategia de gobierno digital?

–Una serie de facilitadores. Facilitadores comerciales en primer lugar. Muy pocas ciudades en el mundo, por ejemplo, pueden decir qué servicios brindan. Lo que sí conocen son los procesos que ofrecen. Por ejemplo, si uno pregunta a las autoridades de una ciudad en Canadá qué servicios ofrece dirán que bachean las calles. Pero ¿bachear es un servicio? ¿Es eso algo que los consumidores quieren en realidad? ¿Por qué llenar un bache es un servicio? Para empezar, ¿por qué hay un bache? ¿Quién cree que eso es un servicio? Eso no es un servicio. Un servicio es brindar agua potable y una buena red de caminos y autopistas. Entonces hay que redescubrir lo que en realidad es un servicio. Las ciudades tienen que comenzara hablar sobre los servicios que brindan y cambiar su conducta para ver a sus ciudadanos como clientes. De esto hablo cuando digo facilitadores comerciales.
Luego están los facilitadores tecnológicos. Aquí se trata de compartir información. De tener una sola cuenta para Juan Pérez con información que comparten todos los diferentes departamentos que le brindan servicios. A él como dueño de un perro, como solicitante de un crédito, como contribuyente, muchos ángulos pero una sola persona y una sola cuenta, de manera que pueda entrar allí y acceder a su información con todos los controles adecuados, identificaciones, autenticaciones y autorizaciones.
También están los facilitadores organizacionales. Aquí es donde necesitamos la política, la gobernanza, instalar gerenciamiento por desempeño para que podamos evaluar si estamos teniendo éxito, si los servicios que brindamos mediante gobierno digital son más eficientes o no.

–¿Qué se supone que debe hacer un Gobierno que quiere transformar su ciudad con la infraestructura heredada, con los edificios existentes, con la rutas, con las plantas energéticas, con el software?

–Uno de los desafíos más grandes que afrontan las ciudades es lo que se llama el lastre no financiado, o sea el lastre de activos viejos que hace tiempo deberían haber terminado su vida útil pero se siguen usando. Lo que hay que hacer es planificar para reemplazarlos, necesitamos un inventario de nuestros activos y entender los riesgos que corremos si alguno de ellos llegara a fallar. Todos saben que tienen infraestructura vieja pero muy pocos se han parado a pensar en lo que podría ocurrir si fallara. El gasto preventivo es lo que se ve poco. Pero para reducir el riesgo, para mejorar la calidad de vida, hay que planificar y hay que invertir.

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